viernes, 23 de marzo de 2012

Convivencias en el Teatro Alhambra

Fuente: Volandovengo blog de Jorge Bustos

Polifonía flamenca

Convivencias es el espectáculo que pudimos ver el lunes en el teatro Alhambra. Convivencias es el flamenco en otra dimensión. La guitarra serena, magistral y añeja del sevillano Manolo Franco sirve de colchón y trampolín a las voces frescas y magistrales de la gaditana Laura Vital, del Niño de Elche y de la onubense Rocío Márquez. Con voces dispares, coinciden en armonía y afinación. Conociéndose, cada cual explota sus facultades. Potente, Laura Vital, se especializa en los cantes de su Cádiz natal y en otras formas rítmicas. El Niño de Elche se entrega a los estilos más añejos, a la raíz del cante. Rocío Márquez borda de formas más melódicas, al balanceo musical del flamenco abierto. Aunque todos son versátiles sin discusión y todos, como base de la obra, se solapan y entrelazan sus voces como si de un concierto polifónico se tratara.

Bonito es la palabra que puede adjetivar ese encuentro. Bonito y de eficaz calidad, aunque la perfección en algún momento pueda parecer fría, al igual que el paseo por el patio de butacas, con la idea de convivir con el público, resulta en conjunto desangelada. Las voces de calidad se suceden, se imbrican o se funden introduciéndonos en un mundo lírico sin olvidar los ancestros de pellizco y de verdad.

Un escenario en penumbra nos muestra a los actuantes en fila entonando una seguiriya que, en contra de lo ortodoxo, comienza por el macho final y culmina por el principio, teniendo en su medio un poquito de capela. Los tangos suben y bajan. Son ricos en sus propuestas, para dar paso a la hermosa granaína que arpegia Manolo Franco en solitario.

Un discurso sobre el espíritu del flamenco, donde se alternan voces y cantos, dimensiona la obra hacia un nuevo plano que intenta ser pedagógico, pero me temo que más bien abunda en un proselitismo de izquierdas y un flamenco ya caduco, extemporáneo allá por donde se mire. Entre este alegato se escuchará, con letras comprometidas, levante (con el poema Estaban tan hechos a perder del poeta Antonio Orihuela), fandangos de Macandé, milongas, cantes de labor, tientos y guajiras.

La malagueña, que sirve de preámbulo a un nuevo solo del guitarrista sevillano por soleares, es un gran ejemplo de esa polifonía a la que aludo. Emocionante, precisa, estremecida, tanto en su base como en su abandolao.

Un incómodo momento de silencio nos devuelve la voz desde el patio de butacas. Es cuando los artistas se acercan al respetable y, en cierta forma, se ponen a su nivel, imbricando de nuevo sus voces en un ejercicio de maestría y buen gusto.

Termina la obra por bulerías, que son largas en su propuesta y lenguaje, como largas son las cantiñas, que a modo de bis programado, redondean la entrega. Cantiñas que se enriquecen con estilos tan infrecuentes como son las rosas, las alegrías de Córdoba o los caracoles, con un estribillo final en forma de coda a tres voces, que hacen del cante un canto para ser felizmente coreado.

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