jueves, 22 de marzo de 2012

José Soto "Sorderita"

Fuente: Volandovengo blog de Jorge Bustos



 20120321095401-sorderita.jpgPatrimonio Flamenco
No me avergüenzo de decirlo, llegué al flamenco bien tarde y por la puerta de atrás. Tendría 16 o 17 años cuando me asomé a este arte de mano de la fusión. No he sido como los precoces niños de mi alrededor que han mamado el flamenco, bien porque sus padres se dedican a ello o son aficionados, bien porque han nacido en un ambiente o en un barrio donde se escuchaba/respiraba flamenco.

Muy alejado de estos ambientes, el impúber Jorgito, escuchaba de toda la música que tuviera un punto de calidad o, eso creía, porque algún esquirol se coló entre mis filas de adeptos.

Es decir, descubrí el flamenco a través del rock, del jazz, de lo árabe e incluso de la música clásica. Grupos como Triana, Medina Azahara, Alameda, Chick Corea o Billy de Ville, me abrieron las puertas a un quejío muy nuestro, a un sonido ancestral que, sin saberlo, siempre lo he llevado dentro.

Del universo de los hermanos Amador y de los Carmona aterricé sin billete de vuelta en Paco de Lucía y en Camarón y, de estos, en Enrique Morente y Carmen Linares, hasta llegar a comulgar con los hermanos Pavón y con Chacón y Cobitos.

Enganchado al Nuevo Flamenco, uno de mis grupos de cabecera era sin duda Ketama en su primera formación, que contaba, además de los Habichuela, con el triste desaparecido Ray Heredia y José Soto ‘Sorderita’. Pues bien, a este icono de juventud fui a ver el sábado a La Chumbera.

El joven Sordera ya no es tan joven, pero sigue rezumando frescura y creatividad. Sus facultades no son las mismas, pero su sensibilidad es exquisita.

Por ‘exigencias del guión’, tuvo una primera parte ortodoxa, donde buscaba la raíz jerezana de sus ancestros. Delgado y alternativo, hijo del Madrid de los ochenta, Sorderita aparece en solitario acercándose a la fragua. Es martinete y debla, sin gran floritura, pero con mucho gusto. Para la soleá por bulerías, que va de lo tradicional a lo nuevo con su mítica banda (de Jerez a Granada, diría), se hace acompañar de Rafael Santiago ‘Habichuela’, a la guitarra, y de su hijo, el versátil y efectivo Benjamín Santiago ‘El Moreno’, a la percusión, a los que trata como hermanos y maestros.

En solitario, acompañándose él mismo con la guitarra, reconociendo así un poco más si cabe al Sorderita de siempre, propone alegrías de estribillo hilado, para continuar por Huelva, llamando, para que le arropen con la caja, a El Moreno y a José Antonio Carmona (que también hará las veces de segunda guitarra). Fandangos en los que se acuerda del Gloria.

A partir de aquí empieza a nadar en sus aguas, manifestando que ya ha cumplido con la ‘pureza’. Pero la pureza es la verdad de cada artista. Y José Soto está lleno de verdad y grandeza.

Se acerca a la bossa con Las alas me pesan y al jazz, con un buen swing por bulerías, con Flores blancas. Dos bellas composiciones, y más bella interpretación, que dan paso a los tangos Todo tu ser, compuestos por Manuel Lomo, y terminar por bulerías donde, en un viaje de ida y vuelta, versiona los cantes que hacía el viejo Sordera.

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