jueves, 7 de junio de 2012

La natural grandeza

Lo que trae el aire

El aire es caprichoso. El aire va y viene. El flamenco que presentó La Moneta en el teatro Isabel la Católica el lunes, 4 de junio, coincidiendo con el primer día de las fiestas del Corpus de Granada, fue como el aire, como ese viento que va y viene a capricho, que lleva y que trae a voluntad.

Comienza por granaínas. Se escora a la izquierda, pues sus músicos se agrupan a la derecha. Rompe la simetría y rompe moldes con su parquedad. La luz es bondadosa y desvela todos los secretos. No hay nada que ocultar. El sonido también es impecable. Se aprecia hasta la ausencia de taconeo en esta primera pieza. Sólo el cuerpo canta. Con bata leonina y mantón, le baila al cante que, como ella, es una ceremonia. Primero Juan Ángel Tirado y su personal caja de música, después Jaime Heredia ‘El Parrón’ y el bronce en su voz. El remate antológico lo pone Manzanita de Santa Fe y su torrente.

En los abandolaos sin baile se estrenan los cantaores Miguel Lavi de Jerez y David ‘El Galli’ de Morón. Qué lujo de voces, qué lujo de timbres. Todos distintos, complementarios, admirándose mutuamente, imponiendo su paladar.

Vuelve la bailaora por soleá con su vestido sangre con tres volantes. El compás preciso, su mirada, sus silencios, su caída y sus desplantes dejan clara su apuesta: el cante es el idioma, ella la intérprete; el cante es libre, ella inventa; el cante crea, ella recrea. El remate por bulerías es una fiesta donde parece que la granadina entra en trance. Se deja llevar y no teme al vacío ni a san Vito.

La guitarra se queda sola para hacer entrega de una bella bulería. Luis Mariano es el sonido del monte. Trasmite amor y desamor, fuerza y calma. Lo acompaña especialmente fino Miguel ‘El Cheyenne’ con el cajón.

Luis queda sólo y comienza la farruca. Con un traje negro de pantalón y la espalda descubierta, Fuensanta descubre otra forma de bailar. La farruca cambia de sexo. Ahora es sinuosa y sensual. Los pies cantan la ausencia de voces. El cielo es suyo.

Una rueda de martinetes nos descubre la grandeza de los cantaores, su buena forma, su pique sano. Se miran y se gustan. Se pasan el testigo jaleando los requiebros y pellizcos del compañero. La seguiriya viene rodada. Posiblemente es el estilo que más identifica a La Moneta. El dramatismo se hace liviano y la mueca con la contemporaneidad sabia que ha impregnado todo el concierto.

El fin de fiestas, después de los saludos, viene en forma de tangos, donde los cantaores cantan a voluntad y se hacen corales cuando son del Camino. Fuensanta, con más libertad que nunca, baila a los postres.

* Foto Antonio Konde©.

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