martes, 7 de agosto de 2012

El concepto musical de Marco Flores

JORGE FERNÁNDEZ BUSTOS
CRÍTICA

XIV Muestra de Flamenco – Los veranos del Corral

Músicos: Marco Flores (baile); Jesús Corbacho (cante); Jesús Núñez (guitarra); Ana Romero (palmas). 
Lugar: Corral del Carbón. 
Aforo: medio. Fecha: 30 de julio de 2012

Desde Arcos de la Frontera hasta Madrid, pasando por Sevilla, Marco Flores ha demostrado su buen hacer como bailaor y sobre todo por su sentido estético y musical. Parece que este gaditano tuviera un metrónomo en la cabeza y ya, bailando con la guitarra y la voz o con el compás de las palmas de su inseparable Ana Romero o arropado tan sólo con el silencio, marcara el tiempo con sus pies, sus brazos y su mirada, de una forma exacta, contundente y extremadamente plástica.

Marco es un artista que le baila al cante, a la música, que interactúa con su cuadro como si fuera un instrumento más. Su concepto musical es exacto y espacial. Como algunos músicos privilegiados, tiene una orquesta sinfónica en la cabeza. Su baile es novedoso y profundamente jondo en su simpleza. Recorre el escenario sin esfuerzo y parece que no suda en una labor que puede ser de titanes. Sus maneras elegantes lo preceden y su sonrisa es agradecida, aunque aún mantiene brevemente esa mueca bucal del pasado año que afea el conjunto.

El lunes, 30 de julio, en el Corral del Carbón, el artista arcense propuso una obra íntima, aunque desenfadada, basada en su nuevo espectáculo presentado en el Festival Suma Flamenca de Madrid, llamado Tránsito.

Comienza con unos cantes de trilla rematados por martinetes y seguiriyas, en los que hace concesiones a la fiesta. Su preocupación por el tiempo y su juego de brazos son resultantes.

Jesús Corbacho muestra su grandeza en el cante, su dominio añejo y su continua búsqueda, aunque quizás peque de un exceso de babeo. Las malagueñas serán del Mellizo y, cuando se abandonan, vuelve Flores con nuevas propuestas pero sin salirse de su discurso. Estos abandolaos contienen algún fandango del Albaicín, a la manera de Frasquito.

Todas las piezas acaban en fundido total. Un negro completo que, como en una película antigua, divide la obra en fragmentos bien definidos, medidos, redondos.

De nuevo los músicos se quedan solos. Corbacho, en pie, interpreta con hondura la zambra caracolera Azucena, que remata por fandangos de igual corte.

Termina el gaditano con unas cantiñas que se han hecho imprescindibles en su repertorio. Su gracia, llena de detalles y comicidades, es especial y agradecida. Es el canto del cisne de un bailaor sin fisuras.

Tras los aplausos, como mandan los cánones, hubo un fin de fiestas por bulerías.

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