lunes, 6 de agosto de 2012

Flamenco de élite

JORGE FERNÁNDEZ BUSTOS
CRÍTICA
XIV Muestra de Flamenco – Los veranos del Corral

Músicos: Antonio Campos (cante); Pablo Suárez (piano); Manuel Liñán (baile).
Lugar: Corral del Carbón.
Aforo: casi lleno. Fecha: 25 de julio de 2012

Antonio Campos es un cantaor inconformista que busca y rebusca hasta encontrar la veta escondida, en palabras de Neruda, la rompe, la besa. Es gran estudioso, asaz sensible y preocupada.

El miércoles 25 quiso estrenar en el Corral del Carbón sus últimas pinceladas. Esto fue un concierto a piano y voz con un artista invitado al baile. El cante nacía de su garganta, de su cabeza y de su corazón; las teclas eran acariciadas por Pablo Suárez; Manuel Liñán, con su baile, ilustraba los momentos.

Foto: Antonio Conde
Como resultado, una obra delicada, intimista y novedosa, redonda e inteligente, que remueve las entrañas al tiempo que eleva al espectador a la suprema belleza.

Antonio comienza con una copla sentida cercana a la zambra acompañada al piano. A su término, Manuel Liñán, uno de los mejores exponentes del baile granadino, desnudo de todo tipo de acompañamiento, se marca un compás por bulerías con simpáticas concesiones a lo contemporáneo, a la manera de Israel Galván. Este zapateado servirá de hilo conductor durante toda la función, dándole unidad y coherencia. Un espectáculo emotivo, con temas bien seleccionados y no habituales, como la milonga Si llegara a suceder, grabada por Encarnita Anillo en su disco Barcas de plata de 2008.

El piano de cola sirve a continuación de elemento percutido, haciendo compás por seguiriyas, asomadas a la fiesta, los tres protagonistas en su madera e incluso tañendo sus cuerdas. El baile es progresivo. Se hace y rehace, bebiendo de sí mismo como un continuo obstinato. La precisión del bailaor, su verticalidad y sentido del ritmo hacen de la parquedad una virtud.

Una generosa entrega al piano, nada convencional de Pablo Suárez, introduce una intachable granaína. Cuando después, a su término, el cantaor anuncia: “A la memoria de José Heredia Maya” y recita unos versos de este poeta gitano. Primero en caló, después traducido, que Liñán borda, pues está hecho a bailar palabras. El mismo poema termina cantado reuniendo a los tres músicos en plena complicidad.

Otra entrega del zapateado alegre, con grave nota final por el mismo bailaor que termina frente al piano, da paso a un extraordinario solo de Pablo Suárez.

La bambera nos acerca al final. El baile termina remedando los movimientos del cantaor en un paralelismo tan cómico como eficaz.

Acaba la función con un romance por soleares sobre la pérdida de Granada por los moros cantado por Antonio a boca de escenario. El baile se le une antes de ser repetido por bulerías, dando sentido cabal a los varios apuntes con los que ha coloreado la escena a lo largo del espectáculo. El piano también se les une cerrando de esta manera el círculo que con tanta maestría desde un comienzo han trazado.

En conjunto es una obra delicada, coherente y sabia, digna de los mejores escenarios y aplausos de calidad.

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