miércoles, 8 de agosto de 2012

Inspiración y locura

JORGE FERNÁNDEZ BUSTOS
CRÍTICA
XIV Muestra de Flamenco – Los veranos del Corral

Músicos: Antonio Canales (baile); Jaime Heredia ‘El Parrón’ y David ‘El Galli’ (cante); Paco Iglesias (guitarra); Raquel ‘La Repompa’ y Antonia Heredia (palmas); Miguel ‘El Cheyenne’ (percusión).
Lugar: Corral del Carbón. 
Aforo: lleno. 
Fecha: 6 de agosto de 2012

Lleva un tiempo, bastante tiempo, Antonio Canales siendo un enigma. No sabemos cuándo el duende lo posee o le da la espalda. De hecho, acudí el lunes al Corral del Carbón con pocas esperanzas. Máxime cuando lo vimos aparecer en el escenario con dos bailaoras del Monte (Raquel ‘La Repompa’ y Antonia Heredia) para aliviarse y unos aires abundosos mientras dirigía la orquesta.

Paco Iglesias, a la guitarra, tan eficaz y redondo, comenzó por bulerías con el exacto compás de ‘El Cheyenne’ en la percusión. Canales apuntaba con juego de brazos y tacón, algunos remates sin esfuerzo.

Dio paso a los cantaores uno a uno. Primero a David ‘El Galli’, después a Jaime Heredia. Las palmeras, salvajes, resueltas, con una pataílla redondearon su intervención. El maestro quedó corto en su entrega. ¡Temíamos lo peor!
 
El Galli entonó un par de letras por levante, desgarrado, profundo, con sentido y sentimiento. Tanto que llegó a romper un quejío que, lejos de perturbar, pellizcó al respetable.

Antonio vuelve con seguiriyas. Sus abundantes poses, sus paseos y unos extremos que no acaban de arrancar, dejan anhelantes. Pero pronto demuestra que el que tuvo retuvo, que un maestro es maestro por algo. El dominio del compás, los arrebatos y los desplantes merecen veinte oles.

Dentro de su efectismo, de su inquieta locura, el bailaor sevillano sabe lo que hace. Se siente a gusto y querido y devuelve honestamente esa admiración. Está inspirado. Una simple mirada, atusarse el pelo, subir los brazos, aplastar el vacío… están llenos de arte.

Para rematar esta pieza dramática (que Canales hace más trágica con su expresión), solicita tan sólo compás. La caja de Miguel cobra protagonismo y Antonio vuelve a demostrar que menos es más cuando hay flamencura.

Un poquito por soleares de la mano de ‘El Parrón’ sirven de último interludio. Jaime está demostrando su buen hacer como cantaor, su aguardiente, su hondura sin par. Lo único que necesita es tranquilidad y justeza. Cuando a su lado canta un flamenco moderadamente preciso, saca sin problemas la grandeza de su interior. Cuando actúa con compañeros excesivos, él trata de emularlos rompiendo sus esquemas.

Repetidamente a continuación otra soleá por bulerías vuelve a traer a un bailaor que ya se come el escenario, que vence y convence sin tapujos y su histrionismo queda perdonado. Se entrega, es feliz con el ambiente, con el recinto, con su cuadro y con su público, y así lo deja trascender, dejándonos detalles inolvidables.

Personalmente reconozco al mejor Canales que he visto nunca, aparte de la juventud cuando su farruca era bandera. Personalmente reconozco al maestro, de los primeros de su generación, y la fama bien ganada que porta su nombre.

Al bailaor todavía le queda fuelle. Contempla a Granada como su tierra de adopción (“nací en Sevilla por accidente”, dice) y propone unos tangos en honor a la tierra que lo acoge. Todos están en su salsa. Y, con buenos ingredientes, sale un buen puchero. Las niñas son auténticas, lo llevan en la sangre. Canales se desborda en lo que puede ser un dulce en su vida y por ende en nuestras vidas.

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