sábado, 8 de septiembre de 2012

En el Camino

JORGE FERNÁNDEZ BUSTOS
CRÍTICA

II Festival de las Cuevas - Noches flamencas en el Sacromonte

Iván Vargas Yo mismo

Músicos: Iván Vargas, Alba Heredia, Estela Rubio, Rocío Vargas, Sandra Córdoba (baile); Juan Ángel Tirado y Rafi Heredia (cante); Pepe Maya ‘Marote’ (guitarra).
Lugar: Museo-Cuevas del Sacromonte. 
Aforo: casi lleno. 
Fecha: 8 de septiembre de 2012

Comienza la noche con un cante de labor a través de la garganta cada vez más segura de Rafi Heredia que desemboca en seguiriyas que baila como sabe Estela Rubio para dar paso a Iván Vargas, el protagonista de la noche, que parece algo más desganado que cuando representó esta misma función en el mes de julio. De hecho, el espectáculo sufrió una reducción considerable.

El bailaor sacromontano va manteniendo su herencia y los dejes del Camino. Su rotundidad y desplantes tanto convencen como demuestran ser un producto para foráneos.

Juan Ángel Tirado, quien no se entiende con el micrófono y la ausencia de silla, interpreta unos fandangos de varios quilates.

Alba Heredia comienza con tarantos y termina por tangos, quizá su mejor entrega, donde triunfa con su juego de manos y su caída hacia atrás que, en un momento dado, es un vuelco total en el suelo con las rodillas flexionadas. Es emocionante ver bailar los tangos del Camino a los gitanos del Camino. Auténtico. Eficaz.

Este cante granadino se convierte en un paso a dos cuando Iván se incorpora al cuadro. Sensible a su manera y acertado en su finalidad, quizá le sobre histrionismo. Acaba este baile de pareja con Rafí aflamencando Hijo de la luna de Mecano en un intento de modernidad. La mano de Juan Andrés Maya planea sobre el conjunto.

La segunda parte la ocupan tan sólo unas alegrías bastante extensas. Las cuatro bailaoras, Alba Heredia, Estela Rubio, Rocío Vargas y Sandra Córdoba, que, como harén bagdadí, conforman el grupo de baile ilustran sus comienzos. Iván Vargas hace uso de todo su saber y casi no parece repetido. Estos aires gaditanos se desbordan a su final por bulerías que, por orden, todo el cuerpo aborda. Su final, para abundar en el tipismo, es una composición fotográfica en torno a una silla.

De cualquier forma es un bailaor que trasmite. Algo en él atrae como un imán que no deja abandonar su estela. Por eso es la única noche dentro del Festival que la gente se puso en pié para aplaudir agradecida.

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