martes, 16 de febrero de 2016

Historia de una destrucción

-Jorge Fernández Bustos-

Las Tentaciones de Poe

Músicos: Rubén Olmo y Sara Vázquez (baile); Escuela de Flamenco y Danza Lucía Guarnido (colaboración); Antonio Campos (cante); Pedro Sierra (guitarra); Alexis Lefebre (violín); Agustín Diassera (percusión). Lugar: Teatro Alhambra. Aforo: lleno. Lunes, 15 de febrero de 2016

El teatro, la danza, el espectáculo en sí, trata de poner en escena, de trasmitir a los espectadores, los amores y obsesiones de su creador. Hay muchas más razones, pero la verdad estriba en ésta. Rubén Olmo se mete en el papel del escritor estadounidense Edgar Allan Poe (Boston, 19 de enero de 1809 – Baltimore, 7 de octubre de 1849) y recrea sus últimos días, quizá el último, quizá el día de su muerte. Así, desgarrado entre alcohol y el recuerdo de su amada, Virginia Eliza Cleimm, muerta de tuberculosis a muy temprana edad, va tejiendo la historia de su autodestrucción.

El argumento de inicio viene dado por la tradición: cada 19 de enero, desde mediados del siglo pasado, el sepulcro del escritor amanece engalanado con tres rosas y una botella medio vacía de coñac, colocadas por un sujeto anónimo bautizado como Poe toaster (el que brinda por Poe). Rubén manifiesta en el prospecto de mano: “Quiero dedicar esta obra a todos los locos, cuerdos o no, que beben la vida a trago largo, y pongo al servicio de la locura mi cuerpo, mi mente, mi alma, mi danza…”.

Hasta aquí bien. El papel está claro, el propósito exacto, la recreación auténtica, pero los peros abundantes. ¿Cómo una obra tan alejada puede abrir un festival de flamenco? ¿Cómo la obsesión puede llevar a exponer ocho piezas en esencia tan similares? ¿Por qué, teniendo otros recursos humanos, toda la obra se sustenta en un solo personaje sobre las tablas?

Una bailaora secunda algunas escenas. Sara Vázquez, con la que Olmo ha coincidido en montajes como Metáfora o Tranquilo Alboroto, con miriñaque transparente, da vida a Virginia e imprime una elegancia onírica muy aplaudida, como demuestra el paso a dos del comienzo, y se convierte durante toda la obra en un fantasma intermitente.

Tras el telón, inexplicablemente por mi parte, los aplausos se contaban por minutos y más minutos. ¿El arte es tan relativo o estamos dispuestos a vitorear cualquier propuesta? ¿Concedemos nuestro beneplácito por un cómodo ‘dejarse llevar’ o porque vemos el trasfondo de trabajo y empatía de los actuantes?

A un servidor le vencería el aburrimiento si no hubiese sido por la ambientación escénica y el juego de luces; por la profesionalidad de los componentes de la Escuela de Flamenco y Danza Lucía Guarnido, que intervienen a los postres; por las simbólicas proyecciones al fondo, recreando los escritos de El Gato negro o de El Cuervo; o por cuando Antonio Canales pone voz en off a ese Cuervo obsesivo. Pero, sobre todo, mi alabanza incondicional se la ofrezco a la música en directo, excelente y equilibrado, a cargo del preciso Pedro Sierra a la guitarra, del violín realmente excepcional de Alexis Lefebre, la percusión, algunas veces estridente, de Agustín Diassera, y del perfeccionista Antonio Campos con ayeos continuos y con el cante por seguiriyas y soleares (las únicas concesiones que de verdad se le hicieron al flamenco).

Quizá esta obra en un foro distinto…, quizá la recreación de otros momentos en la vida de Poe…, quizá otro colorido…, quizá otro apoyo… No sé. El creador y bailarín, sin discusión, es Rubén Olmo.

1 comentario:

  1. Bastante de acuerdo contigo, Jorge, y máxime cuando ese Teatro Alhambra tiene un ciclo de Danza. Saludos Juanjo

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